Buenas noches, me llamo Andrés y soy adicto a la heroína. Hace 6 meses que no consumo.
(hola Andrés, te queremos, bien por ti y demás parafernalia)
Me drogué durante varios años, cuanto más me inyectaba más quería, y aquella enfermedad me consumió por completo. Pero, por fortuna o por desgracia y de manera muy extraña, mi cajón de las drogas se desvaneció un día. Yo lo cuidaba, lo mimaba, lo limpiaba, le dedicaba toda mi atención, no era posible que hubiera desaparecido. Pero, qué cosas digo, tan sólo era un ser inanimado, estos pensamientos desequilibrados se debían al efecto de las drogas, seguían en mí, mermando mi consciencia, atacando mis sentidos. Al día siguiente de perder el cajón me sentí nervioso, desencajado, trasladado a un mundo infernal en el que nada tenía sentido. ´La primera semana fue muy extraña, como si con un hacha me hubieran cortado por la mitad de la cabeza a los pies, al menos me sentía como si tuviera que andar a la pata coja. Pensé que era algo pasajero, todos me decían que lo superaría, pero pasaron los meses y la sensación de desasoiego no desaparecía, necesitaba mi cajón, aquel que cuidé y limpié, no otro, no otras drogas, quería las de ese cajón, pero seguía sin haber rastro. Entonces pensé que me habían engañado, no lo superaría en la vida, y este pensamiento me agobió aún más. Pasó un año, un año completo con sus días y sus noches, con sus horas y minutos, con sus segundos aterradores, con sus milésimas llenas de nostalgia y añoranza, quería mi cajón, quería acercarme a la cómoda y verlo allí, limpio, cuidado, en el mismo sitio de siempre, con las cosas que yo había metido, mis drogas, mi droga y nada más. Pero el cajón había desaparecido para siempre.
Tres años y aún me acordaba del deseado objeto, aunque el pensamiento ya no me incomodaba y empezaba a pensar en la posibilidad de comprar otro cajón. Tenía la imperante necesidad de cuidarlo, mimarlo, limpiarlo y llenarlo de mis drogas, sí, mi obsesión. Este pensamiento desapareció el día que volví a verlo. Visité una casa y allí estaba, reluciente, cuidado, mimado y con un brillo especial. Pensé que el lustre se debía a la alegría que sentía de que lo hubiera encontrado por fin así es que me acerqué y, con sumo cuidado y recelo, lo abrí, poco a poco, para descubrir, horrorizado, lo que había dentro. No eran mis drogas ni el olor de mis productos de limpieza, estaba repleto de cosas sin sentido, cosas tan livianas como un cepillo de dientes, una muñeca, un pañuelo, un dibujo en un papel, un despertador, gominolas, cartas del banco e infinidad de inutilidades varias. Sin embargo, a pesar de tanto enredo el cajón no estaba lleno, allá en una esquinita había un hueco libre, como dejado a propósito, y que constiuía el rincón más reluciente. Me enfadé y lo cerré de golpe. No lograba entender qué pasaba. Yo lo limpié, lo cuidé y lo mimé durante años. La ira me cegaba.
Me fui a casa odiando al mundo y al cajón, hasta que al fin me di cuenta de que lo único que odiaba de mi existencia era a mí mismo. Las drogas parecían mucho menos voluminosas que aquel conjunto de... cosas (de repente ya no se me antojaban tan inútiles) y sin embargo en el cajón ocupaban mucho más espacio. No hacía más que pensar en aquel rincón reluciente y tomé una decisión: había que comprar otro cajón.
Mi nuevo cajón no es el más bonito, ni el más brillante, ni el de la mejor madera, pero lo he llenado de cosas tan hermosas que nadie al verlo se le ocurriría criticar ni un centímetro de su superficie. Tiene una baraja de cartas, una sombrilla, un muñeco galáctico infantil, un anuario, fotografías, libros de historia, mapas de carretera y, sobre todo, un rincón enorme completamente vacío. Aquel lugar es para él, y para mí, es el más hermoso.